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Sinopsis
Mitológicamente hablando, podría decirse que los pueblos nativos de Norteamérica eran animistas, ya que atribuían espíritu, voluntad y sabiduría a todo lo existente. No solo los animales poseían alma, sino también los fenómenos naturales: la lluvia que fecunda la tierra, el trueno que purifica el aire, el fuego que transforma, los ríos que fluyen como arterias del mundo, los montes que custodian el horizonte y hasta las piedras que conservan la memoria de los tiempos antiguos. Sin embargo, su cosmovisión iba mucho más allá del simple animismo. Cada manifestación de la naturaleza representaba una enseñanza moral o espiritual, un reflejo del equilibrio entre los seres y el universo. En su visión, todo lo que vive, respira o reposa participa de una misma conciencia cósmica, donde no existen jerarquías sino comunión. Su sabiduría nos invita a recordar que el ser humano no domina la tierra, sino que forma parte de ella. Bienvenidos a la inmensidad espiritual de sus praderas.